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A 5 años de la muerte de Puccio: pedofilia, el llamado a su esposa y el deseo sexual que no pudo cumplir

El siniestro líder del clan que secuestraba y mataba empresarios en el sótano de su casa de San Isidro murió en esa ciudad pampeana a los 82 años. En estos cinco años ningún familiar fue a llevarle flores: solo los curiosos llegan hasta esa sepultura. Es probable que este mes el famoso asesino sea cremado. El plazo para permanecer en ese sector está vencido.

Hace cinco años nadie quería ocuparse del entierro. Su cuerpo ocupó un cajón barato en el osario donde van a parar los cadáveres que nadie reclama. Comparte espacio con un hombre que murió hace treinta años: los une la misma cruz de piedra carcomida. La lápida del asesino es obsoleta y la letra desprolija tallada con un punzón delata que fue hecha de apuro, como para sacársela de encima. Al menos al otro muerto le dejaron una vez flores de plástico, que se perdieron una tarde de viento y la lluvia.

El cadáver de Puccio estuvo abandonado a su suerte durante una semana. La policía llamó a una sobrina para que se ocupara del velatorio y del entierro, pero la mujer solo se mostró interesada en quedarse con las pocas pertenencias de Puccio: unos 50 libros, revistas viejas, manuscritos, un teléfono celular, y un poco de ropa. Al precario entierro de Puccio no fue nadie. En rigor, habría que contar a cuatro asistentes: dos policías que custodiaban el cuerpo y dos sepultureros.

Un día antes de morir, le pidió al pastor que lo cuidaba que tomara nota.

–Me gustaría que mi epitafio tuviera esta frase de un emperador romano. Anote bien, pastorcito, por favor. “Dispuse de todo y lo tuve todo. Pero no me sirvió de nada”.

En sus últimos días, Puccio sentía la muerte adentro suyo. Algo que lo devoraba. Había encontrado un rival más insaciable e impiadoso que él, capaz de doblegarlo. No podía caminar. Lloraba y la tristeza se le había instalado en esa mirada que antes era solo rabia y frialdad.

No más paseos. No más diversión. No más monólogos.

Perdió todo: hasta la voz de mando. Hablaba como un moribundo. El hombre que antes ordenaba matar, ahora apenas podía hacerse oír.

“Con él suelto, tenía miedo por mi familia. Ahora hay un monstruo menos“, declaró en su momento Guillermo Manoukian, hermano de Ricardo, una de las víctimas del clan Puccio.

El club del clan

La banda de los Puccio cayó el 23 de agosto de 1985, en San Isidro. Arquímedes fue detenido con sus cómplices, entre ellos sus hijos Daniel “Maguila” y Alejandro, talentoso wing tres cuartos del CASI, un tradicional equipo de rugby de San Isidro, y ex jugador de Los Pumas. Entre 1982 y 1985, los Puccio habían secuestrado y matado a los empresarios Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum.

En su casona de dos plantas y 200 metros cuadrados, Puccio coleccionaba platería y obras de arte. En Pico, llegó a vivir en una pensión con un catre, sin baño. Cuando secuestraba, sus vecinos lo llamaban el “loco” porque barría día y noche con una escoba. Para unos, era una manera de hacer campana mientras mantenían cautivos a las víctimas. Para otros, era una obsesión que mantuvo hasta su muerte. Cuando lo visité en la pensión, barrió durante media hora. Incluso me mandó una carta con una foto suya autografiada en la que aparecía barriendo. También había pintado las paredes de la pensión, acto que enfureció al dueño del lugar, su enemigo acérrimo. Se denunciaron mutuamente y el viejo lo amedrentó con un as de espadas: mostró a la prensa un fallo judicial en el que el dueño de la pensión era condenado por abusar de su hija.

En esa ciudad, hace siete años Puccio sorprendió con una noticia impensada: se había puesto de novio con una mujer llamada Graciela, 45 años menos que él. Ella era empleada de limpieza de una comisaría local. Se conocieron cuando lo contrató como abogado después de ser estafada por una especie de secta que creía en brujas y hechiceros, pero en el fondo querían quedarse con la casa y los ahorros de Graciela. Puccio la rescató de ese infierno y la llevó al suyo.

Seis meses antes de su muerte, el autor de esta nota entrevistó a Puccio en General Pico.

–Da la sensación de que proyecta su vida como si fuera a vivir 120 años –fue una de las preguntas.

–Es que voy a vivir 120 años –respondió con naturalidad.

–¿Para qué quiere vivir 120 años?

–Tengo muchos planes, pero no se los puedo decir. Y quién le dice que me nazca algún hijo. En ese caso querría verlo crecer.

–¿Cómo imagina su muerte?

–Me gustaría morir teniendo sexo. Ese es mi deseo. Un deseo sexual.

Puccio se jactaba de haberse acostado con unas 200 mujeres. Decía que solo le faltaba experimentar con las japonesas y que sospechaba que tenían la vagina en forma horizontal.

–No me dejo las uñas largas por mugriento. Sino porque hay una gordita atorranta que me pide que le rasguñe los pechos.

Ese día, ante sus amigos, confesó:

–Estoy conociendo a una pendejita que está por cumplir 15 años. Por ahí en un rato cae. Empezó a venderme alfajores y una cosa llevó a la otra. No tengo la culpa de esa incitación pecaminosa. Este hijo de puta que está acá y éste otro (señala a su “colaborador” y a otro amigo), me decían: “Pero entrale, boludo”. Yo la veía con ojos de padre. “Si no te la comés vos, se la va a comer otro”, me decían estos guachos. La ayudaba por evangélico, no por interés, pero mis amigos me daban manija. Y parece que Satanás me ha pervertido. Si la semana que viene no la volteo, será la otra. Es la teoría de la fruta madura. Qué va a hacer. Muchos me dirán pervertido.

–O violador y pedófilo…

–No es así. La edad de consentimiento en la Argentina es de 14 años. Otros, en cambio, dirán: qué viejo turro, mirá que pescadito que se ha comido, la puta que lo parió. La piba es agradable y linda. Un día le dije: “Decime una cosa, mocosa, qué berretín tenés de hacerte la señorita con los ancianos. Te pintás los labios, te marcás las cejas, te pintás las uñas, andás mostrando un poquito las tetas. ¿Te das cuenta del peligro qué corres?”. Se reía. Al otro día, vino con uñas postizas plateadas. ¡Ah! Tenía el pelo suelto. Entonces les conté a éstos. “Pero si estaba preciosa, qué carajo estás esperando, es una vergüenza lo que estás haciendo”, dijeron. Les dije que ellos me estaban incitando. Cuando les digo que todo esto voy a escribirlo en mis memorias, se cagan de risa. Siempre están esperando que les cuente qué pasó con la pendeja. El otro día, la pendeja vino y se puso a llorar. Qué te pasa, le dije. “Estoy mal, abuelo”, me dijo. “A mí no me decís más abuelo”, le contesté. Ahora me vas a decir Arqui. Y cuando estemos acá adentro, me vas a tutear. Afuera no. ¿Estamos? El otro día vino como a las nueve de la noche. “Qué hacés tan tarde”. “Le traigo estas rosquitas. Necesitamos la plata porque nos cortaron el gas”. Le dije: “No llores, podemos conversar”. “Bueno, gracias, abuelo”. Ya te dije que no soy más tu abuelo. “¿Por qué?” “Porque me gustás mucho, pendeja”. Y la agarré y le acaricié la cola. “Qué ganas de apretarte que tenía”, le dije. Después le pregunté cuánto era el asunto. “Son 28″. Le di 50. Y así quedaron las instancias. Como no tiene ropa fui a la feria a comprarle un saquito. Me salió 15 pesos. Una ganga”.

Hubo una denuncia contra Puccio por abuso de menores, pero no prosperó.

El final de un malvado

A principios de 2013 le detectaron un tumor en el cerebro. Empezó un tratamiento, pero tuvo un ACV que lo llevó a la muerte. Puccio murió en su cama, mientras dormía. Lo encontró su amigo Eliud Cifuentes, el pastor que lo cuidó en durante su agonía.

En sus últimos meses de vida, lo cuidó como si fuera su padre: lo bañó, lo cambió, lo peinó, lo afeitó, lo trasladó a babuchas para ir al baño, lo alimentó, escuchó sus monólogos y lo acompañó al médico.

–Pobre Arquímedes, lo extraño mucho –dijo el pastor–. Dios me puso a Arquímedes en mi camino. Todo tiene un porqué. Jesús le dijo a uno de los malhechores con el que fue crucificado que iría al Paraíso con él. Eso siempre pasa. Arquímedes cumplió condena. Cometió errores y los pagó. Pero hay una condena social que es para toda la vida. Cuando lo conocí en una iglesia evangélica, supe que ese hombre se había transformado gracias a la palabra de Dios. Lamentablemente algunas personas no lo querían. El peluquero nunca quiso cortarle el pelo. Eso a él le dolía.

–¿Cómo fueron sus últimos días?

–Los vivió en paz. A mí me decía “hijo”. “Gracias por todo lo que estás haciendo, hijo”. Sabía que se iba a morir pero por otro lado sacaba fuerzas para seguir viviendo. Hasta pensé en llevarlo a Cuba para seguir el tratamiento. Estaba dispuesto a sacar un préstamo, pero se nos fue antes. No la pasó bien aquí, lo dejó su novia y el peluquero del barrio no quería cortarle el pelo por asesino.

–¿Seguía enamorado de su ex esposa Epifanía?

–Pienso que sí. Un día la llamó y ella le cortó. Antes le dijo que prefería verlo muerto. Otro día lo llamaron para decirle que su hija Silvia había muerto de cáncer.

Según cuenta, Puccio se desplomó sobre la mesa y lloró como un niño. Cifuentes fue testigo de una escena inimaginable para la psiquiatría forense. Un asesino inconmovible lloraba sin consuelo. Los psicópatas también lloran.

Fuente: Infobae

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