01 de septiembre, 2019
“El hachador tala a machete clavillos y malezas, que crecen en torno a los troncos condenados. Ya limpio un círculo para el voleo del hacha, comienza a descargar, rítmicos y regulados, los golpes de la herramienta filosa. Y uno de frente y otro en ángulo agudo, van marcando en el tronco el camino de la astilla, que de pronto salta veloz y zumbadora como una loca esquirla escapada. El árbol muestra ya, blanca, su primera herida. El hacha sigue cayendo con recia precisión tajante, impía y alevosa, sobre la carne lastimada...”. Así se fundó Luan Toro, a hierro y sudor, tomando centímetro a centímetro el corazón de los caldenares pampeanos.
Luan Toro, el Toro Muerto, según una de las muchas traducciones de su nombre fue fundado con el ferrocarril en 1908. Pero esa fecha no ha sido más que una convención necesaria solo para fijar un día de conmemoración, Luan Toro nació en el corazón de los montes pampeanos en algún momento impreciso de finales del siglo XIX, cuando se afincaron en aquella zona los indios que habían sobrevivido a la campaña del desierto, junto a familias criollas que emigraron desde las provincias limítrofes, en una tierra bendecida con buenos pastos y con numerosas vertientes que nacían a flor de tierra.
Las majadas de ovejas prosperaron fuertes e innumerables, pero entonces la antigua raza de la tierra sufrió una segunda campaña… Silenciosamente el gobierno trasladó a aquellos descendientes de los araucanos a las tierras pobres de Emilio Mitre y trajo a los gringos, los gallegos, los turcos, los alemanes y los franceses pobres de Europa para poblar los montes. No tardarían demasiado en llegar los ingleses, con el acero ferroviario a cuestas, y entonces el pueblo nacido entre el monte, necesitó una fecha de fundación: 15 de marzo de 1908, dijeron y así habrá figurado en las guías de transito del ferrocarril.

El pueblo tuvo ya desde 1892 una intensa actividad religiosa con la visita de los franciscanos. El Registro Civil fue hasta 1923 la única institución de Gobierno que tuvo Luan Toro, en ese entonces se creo la Comisión de Fomento. En aquellos primeros años Luan Toro asomaba como un lugar que podía ser potencialmente mejor que Victorica o Telén, el agua según las meticulosas mediciones de los ingleses que tiraban rieles por La Pampa era buena y abundante, bastaba cavar unos 45 metros para encontrarla.
Gente de Luan Toro.
Luan Toro fue fundado con el ferrocarril en 1908. Desde el año 2007 Mónica Valor es la Intendente. Con alrededor de 650 habitantes, el pueblo ha crecido mucho en los últimos años. Isidora Córdoba, nativa de Luan Toro, se crió en los campos cercanos, entre los bosques y la fauna del caldenar. Ella recuerda a antiguas familias que vivieron en el pueblo, como los Silvera, Abdala, Valor. Acosta... Gabriel Romero también es nativo de Luan Toro y desde hace unos años se ha convertido en uno de los artesanos más respetados del pueblo sino también de toda La Pampa, y sus trabajos viajan y nos representan en todo el país. Romero es conocido como el artesano del mate.

La Generosidad del caldenar.
En los primeros año la economía del pueblo se basó fundamentalmente en la cría de ganado ovino, pero mas tarde la producción se diversificaría y se introducirían con éxito la ganadería bobina y la agricultura. Sin embargo en la década del 30 la sequía golpeó al caldenar, en 1937 apenas cayeron 253 milímetros y los sembradíos se secaron y los animales sufrieron. Consecuentemente la producción menguó considerablemente.
Pero dicen que la tierra todo lo da y así fue en Luan Toro, el pueblo que se había cobijado en los profundo de los bosques del caldenar pampeano no tuvo piedad de sus benefactores. Los antiguos caldenes fueron talados hasta casi ser exterminados completamente, en dos grandes hachadas. La primera de ellas tuvo lugar en los años 20, la segunda en la década del 40.

La madera de los obrajes de Luan Toro abasteció el fuego del mundo durante casi treinta años. La primera gran hachada le dio vida al pueblo, pero con los tiempos de paz, la localidad se sumió en un sueño tranquilo. A las sequías periódicas y prolongadas se le sumaron nevadas profusas y las cenizas volcánicas de las erupciones andinas. La mayoría de sus habitantes optó por buscar otros rumbos. Pero con la segunda gran guerra mundial volvió a despertar Luan Toro y la lejana muerte en los campos de Europa se convirtió también en muerte para los extraordinarios montes de caldén.
Se llenó el monte de obrajes, nuevamente, interminables flotas de camiones remplazaron a las antiguas chatas y carros. Pero ni así se daba abasto a la demanda de leña y el fuego que consumía a Europa se tragaba también a los bosques pampeanos.

La madera del bosque refugió a sus habitantes y alimentó las manadas y los rodeos, con los años fue fuego para remplazar el carbón que consumía la guerra de Europa y fue piso de parquet para los elegantes pies descalzos de las amas de casa de los barrios porteños acomodados. Los bosques de Luan Toro, todo lo han dado… Y como un fuente inagotable siguen ofreciendo su virtud. Y hoy son reparo para los pájaros, sombra para el irascible jabalí y los ciervos furtivos o tan solo un modesto recipiente para cebar un mate amargo, cuando despunta el sol o quizá mate con gualicho, si anda en amores el cebador. Estos son los Pago de Luan Toro, firmes y virtuosos, como la madera de sus caldenes…
El ferrocarril proyectó y construyó en tiempo record un ramal de seis leguas para acelerar el transporte de leña. Centenares de hacheros llegados de todas partes del país producían millones de toneladas de leña. Luan Toro era la capital del Caldén, el oro del monte. El obraje abarcaba 32 leguas, donde trabajaban unos 1.000 hacheros acompañados por sus mujeres y sus hijos, viviendo miserablemente en toldos y casillas a veces tan solo enramadas hechas con las ramas que sobraban de los caldenes volteados.

Esos hombres, con sus mujeres y sus hijos, obtuvieron muy poco por matar al monte sin piedad, apenas un poco más que un plato de comida. El oro del monte solo benefició a unos pocos, para los otros solo fue sangre seca en las manos.
Tras la finalización de la guerra los obrajes se transformaron en promovedores de los grandes aserraderos que producían pisos de parquet, pero de a poco aquella industria comenzó a languidecer hasta que sólo quedó el eco de las grandes hachadas en los montes de Luan toro y nosotros solo podemos imaginar como habrá sido aquella tierra cubierta de grandes hasta donde alcanzara la vista.
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