A cierta altura del partido —generalmente suele ser después de los 30 años—, la vida parece haberse convertido en una agenda apretada. El trabajo, las responsabilidades de la casa, los horarios de los chicos. los del colegio. "la carrera" para llegar a fin de mes y el cansancio acumulado nos van cerrando el círculo. De pronto, los amigos de siempre dejan de ser presencias cotidianas para convertirse en "eventos especiales": nos vemos en un cumpleaños, en alguna fiesta de fin de año o, con suerte, en un asado que costó tres semanas coordinar en el grupo de WhatsApp.
"Nosotros nos veíamos nada más que para los cumpleaños", me confesaba hace un rato nomas un amigo, alguien que como tantos otros, sentía que el ritmo de la adultez le estaba robando lo mejor de sus vínculos. Pero entonces, apareció la pelota.
En nuestra ciudad, donde los torneos amateur son parte de nuestra identidad —desde el campeonato "Entre Amigos", pasando por la mística de El "Chañar" o los clásicos encuentros de Veteranos, los de barrio, cualquier torneo—, algo mágico sucede cada fin de semana. Lo que empieza siendo una inscripción a un torneo, termina convirtiéndose en un salvavidas emocional.
Es que el fútbol amateur no es solo correr atrás de un balón. Es, en realidad, el puente que nos permite recuperar lo que la rutina nos quitó. Al inscribirse en ese campeonato, el que sea, no solo sumás minutos de juego; sumás horas de charlas en el vestuario, de risas después de una derrota, de festejos compartidos y, sobre todo, de un compromiso que va más allá de la cancha: el compromiso de estar presente.
"El deporte funciona como un conector de vínculos", es letal en ese aspecto, un puente increíble. Al "obligarnos" a estar, nos regala ese tiempo de calidad que ya no sabíamos cómo buscar. Porque entre el saque lateral y el tiro libre, se cuelan las anécdotas, los consejos, los problemas que se alivian al contarlos y las alegrías que se multiplican cuando se comparten.
No importa si el equipo gana o pierde, o si importa, pero es pasajero. No importa si los años empiezan a pesar un poquito más en los gemelos el lunes por la mañana. Lo que verdaderamente importa es que ese torneo amateur, ese picadito semanal, se transformó en el refugio necesario.
A veces, la amistad necesita una excusa para florecer, y qué mejor excusa que la redonda. Que sigan los torneos, que sigan los encuentros y que sigan ganándole, aunque sea un ratito, a la vorágine de la vida adulta. Porque, al final del día, lo que queda en la memoria no es el resultado del partido, sino la posibilidad de habernos vuelto a encontrar.